Cuento que no es cuento de Nochebuena

Por Cristina Losada.

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No puedo contar un cuento de Navidad. Pero puedo contaros que la Nochebuena no era como la conocéis ahora. No este raro año 2020, sino años y años atrás. Aunque no voy a empezar la historia tan atrás, sino en los 60. Durante esa década, en la Nochebuena íbamos a cenar a casa de los abuelos, que vivían en una casa situada detrás y encima del negocio familiar, una cafetería en el centro de la ciudad. Ocurría que esa noche se cerraba la cafetería a las diez de la noche, que era algo que no se hacía nunca. Y, entonces, antes de marchar a casa, los camareros y el resto de personal de turno, uno por uno, se despedían de mi padre y de los otros miembros de la familia que estuvieran por allí, incluso de nosotros, los niños, con una gran solemnidad, casi como si no fuéramos a vernos, como nos íbamos a ver, al día siguiente, en que el negocio volvía a abrir en el horario habitual.

Aquella despedida me llamó siempre mucho la atención. Le daba a aquel cierre temprano el aura de un acontecimiento excepcional. Y lo era, en realidad, pero no sólo porque nunca se cerrara a esa hora, sino por la ocasión de la Nochebuena. Probablemente ninguno de los que eran adultos entonces había celebrado antes la Nochebuena de aquella manera. Antes, la Nochebuena no tenía el contenido que entonces empezaría a tener. No era el ritual que es hoy. No era ese instante en que cesa prácticamente toda la actividad para que las familias, en su casa, se reúnan a cenar.

Mi padre no recordaba haber celebrado la cena de Nochebuena nunca cuando era niño o joven. Seguramente en esa época, esa noche o parte de ella la pasaba ayudando en lo que entonces era más un café-bar. El negocio estaba abierto en Nochebuena, como en cualquier otra fecha, por festiva y señalada que fuera. Tampoco cerraba los domingos. No cerraba, si a eso vamos, ningún día del año, y pienso que mi abuelo, que se había iniciado en la hostelería en Buenos Aires, quizá hubiera preferido que el negocio permaneciera abierto las 24 horas, como decían que pasaba en la metrópoli argentina. “Allí hay bares que no tienen puertas porque nunca cierran”, contaba mi padre, que había nacido en Buenos Aires, y había vuelto allí a finales de los años 1940, tras pasar la infancia y la primera juventud en Vigo.

La familia de mi padre, originaria de la provincia de Lugo, no era muy de fiestas, es verdad. Eran gente seria, adusta, en cierto modo, acostumbrada a trabajar duro y poco más. Pero en la familia de mi madre, que era de otro estilo, la cena de Nochebuena no era muy distinta a la habitual. Uno de los primeros recuerdos de infancia de mi madre era el de llevarle al médico de la familia el pollo que les había regalado Genoveva, señora que vivía en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, y a la que daban lavadura para los cerdos -la basura orgánica, diríamos ahora-. El médico los atendía gratis, y a cambio o como detalle, recibía el pollo destinado inicialmente a la familia y quizá, supongo, alguna cosa más, si es que llegaba a haberla.

En los sesenta la escasez había quedado atrás y se iniciaba una nueva y rara prosperidad en España. Una prosperidad desconocida para la mayoría de los que eran adultos en aquel momento. Para ellos, era una novedad que todavía tenía la aureola de las cosas que se estrenan y que se usan con conciencia de usarlas. La cena de Nochebuena era una de esas novedades. Antes, la celebraban los que podían celebrarla, la gente acomodada, unos pocos. Pero en los sesenta, y tal vez un poco antes, empezó a celebrarla todo el mundo. El mundo se paraba para que las familias se reunieran a cenar y eso era algo tan insólito que merecía la despedida formal y solemne de los camareros antes de marchar a casa. La cena de Nochebuena, tal como la conocemos hoy, fue en España un producto de aquella inicial prosperidad y de lo que aquella prosperidad empezó a producir: la clase media. La Nochebuena, como tantas otras cosas, fue un invento de la clase media.

La cena de Nochebuena, en nuestra familia, se hacía, estoy segura, por los niños. También se ponía por ellos, es decir, por nosotros, el árbol de Navidad y el Belén en casa. La clase media también ha inventado la infancia. Pero los niños no íbamos muy convencidos a la cena con nuestros abuelos. Era, de entrada, una cena seria y adusta, como ellos. Si nunca habían sido de fiestas ni divertimentos, menos aún de mayores. Así que asistíamos con pocas ganas a una cena donde, además, el primer plato solían ser camarones, lo que obligaba, en teoría, a pelarlos, pero acabábamos comiendo tal cual estaban. Sólo cuando llegaban los postres – el brazo de gitano que venía de la pastelería Tres Luces, de al lado; los piñones, que mi padre tomaba en cantidades industriales; a veces, una serpiente de turrón-, se caldeaba un poco el ambiente. Los niños empezábamos a reír por cualquier cosa, y con la colaboración de nuestro padre, la cena terminaba saliendo del formato serio para adentrarse en el descontrol. Pero antes de ese momento, y de que se jugara a algún juego simple de cartas, siempre con grandes lamentos de los perdedores, llegaba un episodio embarazoso.

El episodio embarazoso consistía en que llamaban a la puerta y eran, tal como nos temíamos, los vecinos de abajo. Los vecinos de abajo eran Lolita, su marido y sus hijas, y quizá algunos más, porque eran muchos, y todo lo que tenían nuestros abuelos de serios y adustos, lo tenían ellos de jaraneros. De modo que entraban en el comedor, nada menos que cantando villancicos y haciendo sonar panderetas y matasuegras, y se ponían alrededor de la mesa a darnos el concierto. Había que ver las caras de mis abuelos, sobre todo de mi abuela, mientras sucedía el incidente. Casi se podía leer lo que estaba pensando mi abuela de aquella familia tan frívola y ruidosa, tan viva la Virgen, y tan ajena, además, a la impresión que producía, porque no pegaban nada, pero nada, en el ambiente de casa de mis abuelos y, sin embargo, entraban como Pedro por su casa con jaleo de panderetas y cánticos de villancicos populares como si fuera su misión alegrarnos la noche a la fuerza. Por qué insistían año tras año en hacer aquella incursión, es un enigma. Si esperaban que cantásemos con ellos, estaban listos. Mientras duraba, todos sentíamos que estaban fuera de lugar. Sentíamos, en realidad, vergüenza ajena. Y se notaba el alivio cuando se iban y nos dejaban en nuestra Nochebuena más bien malhumorada, y que si se volvía alegre, era con un tipo de alegría distinto al de aquellos vecinos intrusos. Cada familia tiene que celebrar la Nochebuena a su manera.

El gran instante de nuestra Nochebuena era cuando ya finalizada la cena, las cartas, y la incursión de los vecinos, nos escondíamos en la habitación donde se guardaba la colada de la cafetería y se almacenaban trastos, y esperábamos a que nos encontrara el fantasma. El fantasma era mi padre cubierto con una sábana blanca, e iluminado, de algún modo, con una linterna, de tal manera que su aspecto era, para nosotros, verdaderamente fantasmal y terrorífico. Como pequeños salvajes, saltábamos como locos en la oscuridad por entre toda aquella ropa y aquellos trastos, entre los que había colchones, y gritábamos a tope de pulmón, mientras huíamos para que no nos atrapara el fantasma. Lo pasábamos de maravilla. No queríamos que acabara nunca aquel juego del escondite con un fantasma tan realista.

Nuestra Nochebuena empezaba seria, aburrida y malhumorada, pero acababa desbocada y emocionante. Lo nuestro no eran los villancicos, sino algo más salvaje. Cuando me acordaba de uno de los villancicos de los vecinos, de eso de “la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, pero nosotros nos iremos y no volveremos más”, me entraba una tristeza premonitoria. No volveremos más. Pero es el juego, alegre, vital, incluso salvaje, lo que importa. Luego, poco antes de las doce, mi abuelo salía para ir a la misa del Gallo.

¿Cuando se jodió el Perú?

https://gaceta.es/opinion/cuando-se-jodio-el-peru-20201210-1625/?s=09

Española por la gracia de Dios.

¿Cuándo se jodió el Perú?

10 diciembre 2020

¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita? ¿Cuándo empezamos a votar con la sensación de jugarnos la libertad, la democracia, el futuro de nuestros hijos y la existencia de nuestra patria? ¿Alguien recuerda cuándo el miedo empezó a apoderarse de nosotros?

¿Cuándo? Todo comenzó con el atentado del 11 de marzo de 2004. Algún día se sabrá qué pasó, por qué pasó y cómo pasó.  ¿Para qué murieron casi 200 personas? ¡200 personas! Lo que está claro es que lo que sucedió entre el 11 y el 14 de marzo de ese terrible año cambió el futuro de España e inició un cambio de régimen que hoy ya casi podemos tocar con los dedos. 

(Soy muy consciente de que el hecho de dudar de la verdad oficial del 11M me hace sospechosa de lo peor. No me importa en absoluto. Hasta el día de hoy —en un futuro próximo ya no sé— tengo el derecho a expresar mis dudas sobre una sentencia que dejó serias lagunas sin resolver. Insisto: hasta el día de hoy. Mañana, ya se verá).

Con la llegada de Zapatero al poder, el frentismo se fue instalando poco a poco entre los españoles como una lluvia fina, pero persistente. Muy persistente. De todos los males que trajo a España el infame ZP -que fueron muchos y variados-, uno de los más letales fue la malhadada Ley de Memoria de Histórica. Una ley promulgada con el único propósito de enfrentarnos; de hacer renacer los antiguos bandos fratricidas superados desde hacía muchas décadas. Una ley que nuestros abuelos habrían llorado con amargura. El hecho objetivo es que ahora mismo, 16 años después, desde el seno del Gobierno algunos luchan sin disimulo alguno por la República. Perdón, por las repúblicas. Nos exigen olvidar a las víctimas de ETA, pero nos machacan con Franco y la Guerra Civil. 

Zapatero no cuestiona la dictadura venezolana, la reivindica. Y el Gobierno de España no sólo no lo desautoriza, sino que la ministra de Exteriores invita a escucharlo con atención. 

¿Acaso alguien duda de que no se ha jodido el Perú? 

Mientras Sánchez llamaba lunáticos a los que denunciamos lo obvio, su propio vicepresidente unas horas antes ya anunció —¿amenazó?— que tenemos gobierno socialcomunista para rato”. ¿A cuál de los dos creemos? En palabras de Marx -el que tenía gracia-: ¿a quién va usted a creer, a Sánchez o a sus propios ojos?

Si Zapatero es un loco fanático del comunismo bolivariano —cosa que no le impide obtener pingües beneficios de su tara—, Sánchez es un loco ególatra sin otra ideología que el poder, capaz de vender a su madre por vivir en La Moncloa. El problema es que su madre es España. Zapatero, Sánchez e Iglesias: una conjunción diabólica.

Sería injusto terminar sin dedicar unas palabras de reconocimiento al papel de Eme Punto Rajoy en este penoso proceso. Al fin y al cabo, la misma responsabilidad tiene Zapatero que puso los cimientos para el cambio de régimen, como Rajoy que no derogó ninguna de sus leyes ideológicas.

Zapatero, Rajoy, Sánchez. Por orden cronológico. 

Pablo Iglesias es el artista invitado. Pedazo de artista.

Lo teníamos todo como nación, pero la dejadez, el desinterés, la comodidad y la cobardía nos han traído hasta aquí. Esto se ha convertido en una ciénaga infecta. Lo más fácil es culpar de todo a los políticos, pero ellos sólo son nuestro reflejo como sociedad

Soy Camionero Español

La gente que me conoce sabe que soy camionero, ya aviejunado después de más de 30 años en el oficio, y quería un poco daros a entender que postura tengo ante los actos acontecidos en la Junquera esta semana.

Sin entrar en la cuestión independentista, que para eso tenemos grandes maestros de la literatura rascando el tema creo que debo de decir que pienso y que ambiente se respira en mi gremio.

Ya explique un poco en el podcast de “Arriero en ruta” de mi amigo @sorroes en que situacion nos pone a los transportistas de internacional todo este tipo de movilizaciones.

Tengo que contaros que esos hierros que veis en la carretera son personas, sí personas, que para alimentar a su familia se ven abocados a un tipo de trabajo muy sacrificado. A las inclemencias del tiempo, soledad, de las legislaciones de cada país, urbana o comarcal, tenemos que sumarle acontecimientos de tipo “reivindicativos”.

Estos últimos parece que como gran idea deciden cortar el tráfico, una autopistas y una frontera para secuestrar a unas personas que no les va ni les viene la milonga que cada colectivo tenga que reclamar.

Seguro que tendremos puristas que nos hablaran del derecho de huelga, de manifestación, de libertad de expresión… Pero ninguno de estos hablan de “mi” derecho a trabajar, a ser libre, a dormir en mi casa… Y aquí me quedo.

Tenemos derecho a circular libremente, a trabajar, a pensar y hasta de decidir a qué patria queremos pertenecer. Cada uno que decida sus límites. Por eso no podemos ni queremos permitir que se nos maltrate de la forma más miserable a la que nuestros políticos vienen acostumbrándose últimamente.

El desprecio con el que tratan a nuestro sector está haciendo que cada vez haya menos gente dispuesta a ejercer esta gran profesión y a los que quedamos se nos estén hinchando los “narices”

Compartimos un espacio de trabajo con las autoridades y cuerpos de seguridad, y como buenos compañeros queremos que entre todos nos respetemos, ellos en su ámbito y nosotros en el nuestro. Pero nos lo ponen muy difícil, no los agentes, sino sus mandos políticos. Ante su pasividad muchos están pensando en cambiar el volante por la llave inglesa.

Diréis: ¡que agresivos! Cierto, el tema se está caldeando. Sumemos el tiempo perdido al dinero que se pierde.

Pensad la próxima vez que vuestros problemas no pueden ser solucionados abusando de la paciencia, cada vez más minorada, de los camioneros.

En corrillos de camaradas siempre hablamos de huelgas, de paros, marchas lentas… Siempre decimos al final como conclusión que no hay “huevos”. ¿Pensáis que las cosas se arreglan “por cojones”? Yo creo que no.

Por eso pido que dejemos los mismos a un lado y que quien tenga que reivindicar cualquier cosa lo haga en la puerta del político de turno, que nos dejen trabajar en paz y que si las cosas se tienen que arreglar a mamporros a lo mejor en nuestro sector tenemos algo que decir.

Buena ruta compañeros… Y como diría “el maño” siempre por lo negro!!!

¡Te recomiendo que escuches este audio de iVoox! 38 – Bloqueos en Cataluña sin contemplaciones http://www.ivoox.com/43313229

La Guerra Civil

Texto copiado de la publicación en Facebook de Esteban Rivera “el maño”

Los dos bandos de la Guerra Civil española mataron por igual
El 1 de abril de 1939, hace 80 años, si si 80 años, Franco firmaba en Burgos el último parte de guerra:

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El Generalísimo, Franco”.

Llegaba el momento de ver cual era el coste de la Guerra Civil española. Hoy, tras ocho décadas pasado el conflicto, podemos mostrar una imagen desapasionada y bastante fidedigna del trágico acontecimiento que sacudió a nuestro país el siglo pasado. ¿Os interesa el tema?

En primer lugar, me gustaría indicar el coste monetario de la guerra.

El bando nacional se gastó, recurriendo a diferentes créditos concedidos por sus aliados continentales Alemania e Italia, entre 697 y 710 millones de dólares.

El bando republicano gastó una cantidad muy similar, la cual rondaría los 744 millones de dólares. En este caso, al poseer las reservas de oro del Banco de España, el bando republicano pudo convertir tal acumulado en divisas con las que comprar material bélico. Al inicio de la guerra una cuarta parte del total fue vendida al Banco de Francia (194 toneladas supusieron 196 millones). Los otros tres tercios se remitieron a Moscú a partir de octubre de 1936 y se emplearon para comprar suministros bélicos procedentes de ese país, así como otros materiales imprescindibles (alimentos, material sanitario…). El resto del montante total se logró, por ejemplo, movilizando las reservas de plata.
Comparando ambos valores podemos concluir que, a priori, ambos bandos lograron movilizar cantidades de dinero similares para afrontar la lucha.

A continuación, vamos a referirnos al coste humano de la guerra. Primeramente vamos a analizar las víctimas en el periodo 1936-1939:

Entre 150.000 – 200.000 personas fallecieron como consecuencia de las acciones de guerra, incluyendo en la cifra tanto combates directos como bombardeos. Del total, tres quintas partes se produjeron en el campo republicano y dos quintas en el nacional.

Se calculan unos 155.000 fallecidos víctimas de acciones de represión en la retaguardia. Dos tercios ocurrieron en la zona nacional y el resto en la republicana.

Se estiman unos 346.000 – 380.000 muertos debido a las hambrunas y enfermedades que acompañaron al conflicto bélico.

En total, las víctimas estarían en una horquilla entre 651.000 – 735.000 personas. Eso supuso perder casi el 3% del total de españoles de 1936 (24,69 millones en aquel entonces).

A los datos anteriores debemos añadir otros producidos como consecuencia directa de la guerra en los años posteriores:

500 muertos por acción de las guerrillas republicanas.

2.000 muertos por acción contra-guerrillera.

30.000 muertos por la acción represora franquista en la posguerra.

Entre 200.000-300.000 exiliados de forma definitiva.

La conclusión más inmediata que podemos inferir al conocer los datos de víctimas es que la Guerra Civil Española supuso el momento más nefasto de la historia demográfica contemporánea española.

En un análisis más profundo nos daremos cuenta que las víctimas fruto de la violencia bélica no fueron equiparables entre ambos bandos.

En el valor de víctimas directas, la mayor parte de bajas republicanas se debió, en una parte importante, a la utilización de masivos bombardeos aéreos que arrasaron ciudades enteras. Aunque Guernika suele ser el suceso más conocido estas acciones se repitieron en otros muchos puntos como, por ejemplo, en Alcañiz.

Víctimas bombardeo nacional sobre Madrid

Respecto a las víctimas por la represión en la retaguardia tampoco aparece una similitud entre ambos bandos, razón por la cual no podemos caer en la equivocación de equipararlos. Sí debemos condenar a ambos por igual, aunque contextualizando correctamente a cada uno en su lugar.

A este respecto reproduzco un interesante párrafo de la obra Violencia y Terror (Akal, 1990), de Alberto Reig Tapia:

“No puede ser equiparado un terror y una represión ejercidos y sostenidos por mandos militares […] con aquel otro terror y represión ejercidos por bandas de delincuentes o por grupos políticos que actúan como contrapoderes enfrentados a un Estado acosado que, a medida que reconstruye sus propios aparatos coactivos, va eliminando la represión indiscriminada y restaura el ejercicio de los tribunales”.

¿En qué se basan estas afirmaciones? Vamos a mostrar algunas fuentes históricas originales.

Respecto a la opinión que tenían algunos líderes respecto a la represión en la retaguardia vamos a reproducir un par de comentarios.

En agosto de 1936, Prieto, en el periódico El Socialista, escribió lo siguiente: “No imitéis esa conducta, os lo ruego, os lo suplico. Ante la crueldad ajena, vuestra clemencia; ante los excesos del enemigo, vuestra benevolencia generosa […] ¡No los imitéis! ¡No los imitéis! Superadlos en vuestra conducta moral”.

En febrero de 1937 Franco le dirigió las siguientes palabras al teniente coronel Emilio Faldella: “En una guerra civil, es preferible una ocupación sistemática del territorio, acompañada por una limpieza necesaria, a una rápida derrota de los ejércitos enemigos que deje al país aún infestado de adversarios”.

Puesto que lo más grave de la represión ocurrió en los primeros meses del conflicto podemos inferir que el bando nacional pretendía, según conquistaba territorios, proceder a una limpieza genocida del contrario por motivos político-ideológicos. Misión que no abandonó ni terminada la guerra.

Uno de los pocos testimonios nacionales existentes en contra de esta limpieza en la retaguardia no lo encontraremos en los líderes militares, sino que procede del obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea “¡No más sangre, no más sangre! No más sangre que la que quiere el Señor que se vierta, intercesora, en los campos de batalla, para salvar a nuestra Patria gloriosa y desgarrada” (15 de noviembre de 1936). Lamentablemente Franco y su cuerpo militar no estaba decidido a seguir esos consejos. Las ventajas de esta sangrienta represión eran evidentes: fidelidad absoluta de los sublevados y paralización y miedo a los vencidos, anulando futuras sublevaciones.

En el bando nacional la represión se cebó contra los dirigentes y militantes de los partidos políticos, tanto de izquierda como republicanos, contra los militares no sublevados, contra intelectuales izquierdistas (Federico García Lorca) y contra los masones en general.

La represión se concentró en el verano de 1936, durante el avance de las tropas africanas desde el estrecho de Gibraltar. En total, las provincias andaluzas sumaron casi el 50% de muertos por represión del bando franquista.

Fusilamiento nacional

En el bando republicano la represión se cebo contra el enemigo de clase, así como contra militares, sacerdotes, burgueses, patronos e, incluso, intelectuales derechistas (Pedro Muñoz Seca o Ramiro de Maeztu).

Esta represión se concentró en Madrid, Andalucía y Cataluña.

Fue realizada, primero, por patrullas milicianas informales, mediante los conocidos paseos; luego, estuvo encauzada a través de tribunales populares. En general fue una obra criminal realizada por asociaciones sindicales y revolucionarias que se aprovecharon de la incapacidad gubernamental inicial para poner orden dentro del territorio republicano.

Una vez que los líderes republicanos lograron recuperar el control y recuperarse del doble ataque sufrido (colapso del estado por el golpe nacional e implosión revolucionaria violenta) cesaron este tipo de acciones.

Exhumación cadáveres de Paracuellos

Por último, me gustaría mostrar un valioso testimonio directo que nos indica claramente la diferencia existente entre la represión nacional y republicana. Las palabras son de Francisco Partaola, fiscal del tribunal Supremo de Madrid:

“Que quede bien claro: tuve la oportunidad de ser testigo de la represión en ambas zonas. En la nacionalista, era planificada, metódica, fría. Como no se fiaban de la gente, las autoridades imponían su voluntad por medio del terror. Para ello, cometieron atrocidades. En la zona del Frente Popular también se cometieron atrocidades. En eso ambas zonas se parecían, pero la diferencia reside en que en la zona republicana los crímenes los perpetró gente apasionada, no las autoridades. Éstas siempre trataron de impedirlos. La ayuda que me prestaron para que escapara no es más que un caso entre muchos. No fue así en la zona nacionalista”.

Espero que tras leer este post nadie entienda que supone un último alegato a favor de alguno de los contendientes de la Guerra Civil Española. Simplemente se trata de contextualizar adecuadamente el proceso histórico. Pues víctimas inocentes y crímenes de guerra ocurrieron en ambos bandos, pero en unos casos se trataba de una estrategia militar y en otros el resultado de introducirse en una espiral de odio infinita.

Ojalá algún día se juzgaran como crímenes de guerra episodios tan señeros de la Guerra Civil Española como el bombardeo de Oviedo, el bombardeo de Jaén, los fusilamientos en Paracuellos y Torrejón de Ardoz, la masacre de la carretera Málaga-Almería, las numerosas sacas de presos como represalias a los bombardeos franquistas, la matanza de Badajoz por las tropas del General Yagüe, el asesinato del 88% del clero de Barbastro o la represión del general Mola en Navarra.

Ya han pasado más de 80 años de aquellos sucesos y aún no hemos cerrado la herida que aquella confrontación dejó en nuestro país. ¿No ha llegado ya el momento de aproximarse, sin partidismos, al conflicto y depurar responsabilidades?

Supongo que soy un idealista….

Bibliografía:

Los datos numéricos han sido obtenidos de la siguiente obra:

Moradiellos, Enrique. Historia mínima de la Guerra Civil española. Turner. 2016.
(Compartido por Esteban Rivera “El Maño”)

In Sixto

#NO ESTAMOS SOLOS. 8 de octubre

Este es el artículo del amigo Sixto en El Catalán.

Recuerdo aquel día, no pude asistir a la manifestación por motivos laborales, aunque consegui seguirla por televisión.
Vi como Sixto deambulaba feneticamente de un sitio a otro coordinando todas las personas en una minúscula tarima que hacía las veces de escenario.

Por él pasaron grandes proces nacionales para dar el discurso de rigor. Borrell (cuidado con él), Vargas Llosa…

De aquella manifestación salió ministro don Josep, pese a que el PSC como partido no acudió. A la del 12O vimos a Iceta encaramandose a la corriente vencedora.

La misma historia de siempre, los auténticos mamporreros del movimiento independentimo.

Los mismos que ahora han hundido la asociación pretendían que ayer martes sumáramos en una convocatoria de recuerdo.

Que decir de Juan Ramón Bosch, de José Rosiñol , de Joaquim Coll, Arenas, Arza y tantos otros que no supieron ver el potencial que tenían entre manos… ¿O era una plataforma para lanzarlos a niveles superiores en política?

Dos años Sixto, solo han pasado dos años.