Podcast: Transporte Multimodal Nacional

En este episodio nos comenta Ricardo, como se hacía el transporte multimodal ya, en los años 90 del siglo pasado. Ahora se está intentando volver a este sistema pero a nivel europeo con los tan comentados, corredores mediterráneos, central e incluso el atlántico. Corredores, como los denominan, tanto a las vías férreas como autopistas, tanto…

Podcast: Transporte Multimodal Nacional

Cuento que no es cuento de Nochebuena

Por Cristina Losada.

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No puedo contar un cuento de Navidad. Pero puedo contaros que la Nochebuena no era como la conocéis ahora. No este raro año 2020, sino años y años atrás. Aunque no voy a empezar la historia tan atrás, sino en los 60. Durante esa década, en la Nochebuena íbamos a cenar a casa de los abuelos, que vivían en una casa situada detrás y encima del negocio familiar, una cafetería en el centro de la ciudad. Ocurría que esa noche se cerraba la cafetería a las diez de la noche, que era algo que no se hacía nunca. Y, entonces, antes de marchar a casa, los camareros y el resto de personal de turno, uno por uno, se despedían de mi padre y de los otros miembros de la familia que estuvieran por allí, incluso de nosotros, los niños, con una gran solemnidad, casi como si no fuéramos a vernos, como nos íbamos a ver, al día siguiente, en que el negocio volvía a abrir en el horario habitual.

Aquella despedida me llamó siempre mucho la atención. Le daba a aquel cierre temprano el aura de un acontecimiento excepcional. Y lo era, en realidad, pero no sólo porque nunca se cerrara a esa hora, sino por la ocasión de la Nochebuena. Probablemente ninguno de los que eran adultos entonces había celebrado antes la Nochebuena de aquella manera. Antes, la Nochebuena no tenía el contenido que entonces empezaría a tener. No era el ritual que es hoy. No era ese instante en que cesa prácticamente toda la actividad para que las familias, en su casa, se reúnan a cenar.

Mi padre no recordaba haber celebrado la cena de Nochebuena nunca cuando era niño o joven. Seguramente en esa época, esa noche o parte de ella la pasaba ayudando en lo que entonces era más un café-bar. El negocio estaba abierto en Nochebuena, como en cualquier otra fecha, por festiva y señalada que fuera. Tampoco cerraba los domingos. No cerraba, si a eso vamos, ningún día del año, y pienso que mi abuelo, que se había iniciado en la hostelería en Buenos Aires, quizá hubiera preferido que el negocio permaneciera abierto las 24 horas, como decían que pasaba en la metrópoli argentina. “Allí hay bares que no tienen puertas porque nunca cierran”, contaba mi padre, que había nacido en Buenos Aires, y había vuelto allí a finales de los años 1940, tras pasar la infancia y la primera juventud en Vigo.

La familia de mi padre, originaria de la provincia de Lugo, no era muy de fiestas, es verdad. Eran gente seria, adusta, en cierto modo, acostumbrada a trabajar duro y poco más. Pero en la familia de mi madre, que era de otro estilo, la cena de Nochebuena no era muy distinta a la habitual. Uno de los primeros recuerdos de infancia de mi madre era el de llevarle al médico de la familia el pollo que les había regalado Genoveva, señora que vivía en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, y a la que daban lavadura para los cerdos -la basura orgánica, diríamos ahora-. El médico los atendía gratis, y a cambio o como detalle, recibía el pollo destinado inicialmente a la familia y quizá, supongo, alguna cosa más, si es que llegaba a haberla.

En los sesenta la escasez había quedado atrás y se iniciaba una nueva y rara prosperidad en España. Una prosperidad desconocida para la mayoría de los que eran adultos en aquel momento. Para ellos, era una novedad que todavía tenía la aureola de las cosas que se estrenan y que se usan con conciencia de usarlas. La cena de Nochebuena era una de esas novedades. Antes, la celebraban los que podían celebrarla, la gente acomodada, unos pocos. Pero en los sesenta, y tal vez un poco antes, empezó a celebrarla todo el mundo. El mundo se paraba para que las familias se reunieran a cenar y eso era algo tan insólito que merecía la despedida formal y solemne de los camareros antes de marchar a casa. La cena de Nochebuena, tal como la conocemos hoy, fue en España un producto de aquella inicial prosperidad y de lo que aquella prosperidad empezó a producir: la clase media. La Nochebuena, como tantas otras cosas, fue un invento de la clase media.

La cena de Nochebuena, en nuestra familia, se hacía, estoy segura, por los niños. También se ponía por ellos, es decir, por nosotros, el árbol de Navidad y el Belén en casa. La clase media también ha inventado la infancia. Pero los niños no íbamos muy convencidos a la cena con nuestros abuelos. Era, de entrada, una cena seria y adusta, como ellos. Si nunca habían sido de fiestas ni divertimentos, menos aún de mayores. Así que asistíamos con pocas ganas a una cena donde, además, el primer plato solían ser camarones, lo que obligaba, en teoría, a pelarlos, pero acabábamos comiendo tal cual estaban. Sólo cuando llegaban los postres – el brazo de gitano que venía de la pastelería Tres Luces, de al lado; los piñones, que mi padre tomaba en cantidades industriales; a veces, una serpiente de turrón-, se caldeaba un poco el ambiente. Los niños empezábamos a reír por cualquier cosa, y con la colaboración de nuestro padre, la cena terminaba saliendo del formato serio para adentrarse en el descontrol. Pero antes de ese momento, y de que se jugara a algún juego simple de cartas, siempre con grandes lamentos de los perdedores, llegaba un episodio embarazoso.

El episodio embarazoso consistía en que llamaban a la puerta y eran, tal como nos temíamos, los vecinos de abajo. Los vecinos de abajo eran Lolita, su marido y sus hijas, y quizá algunos más, porque eran muchos, y todo lo que tenían nuestros abuelos de serios y adustos, lo tenían ellos de jaraneros. De modo que entraban en el comedor, nada menos que cantando villancicos y haciendo sonar panderetas y matasuegras, y se ponían alrededor de la mesa a darnos el concierto. Había que ver las caras de mis abuelos, sobre todo de mi abuela, mientras sucedía el incidente. Casi se podía leer lo que estaba pensando mi abuela de aquella familia tan frívola y ruidosa, tan viva la Virgen, y tan ajena, además, a la impresión que producía, porque no pegaban nada, pero nada, en el ambiente de casa de mis abuelos y, sin embargo, entraban como Pedro por su casa con jaleo de panderetas y cánticos de villancicos populares como si fuera su misión alegrarnos la noche a la fuerza. Por qué insistían año tras año en hacer aquella incursión, es un enigma. Si esperaban que cantásemos con ellos, estaban listos. Mientras duraba, todos sentíamos que estaban fuera de lugar. Sentíamos, en realidad, vergüenza ajena. Y se notaba el alivio cuando se iban y nos dejaban en nuestra Nochebuena más bien malhumorada, y que si se volvía alegre, era con un tipo de alegría distinto al de aquellos vecinos intrusos. Cada familia tiene que celebrar la Nochebuena a su manera.

El gran instante de nuestra Nochebuena era cuando ya finalizada la cena, las cartas, y la incursión de los vecinos, nos escondíamos en la habitación donde se guardaba la colada de la cafetería y se almacenaban trastos, y esperábamos a que nos encontrara el fantasma. El fantasma era mi padre cubierto con una sábana blanca, e iluminado, de algún modo, con una linterna, de tal manera que su aspecto era, para nosotros, verdaderamente fantasmal y terrorífico. Como pequeños salvajes, saltábamos como locos en la oscuridad por entre toda aquella ropa y aquellos trastos, entre los que había colchones, y gritábamos a tope de pulmón, mientras huíamos para que no nos atrapara el fantasma. Lo pasábamos de maravilla. No queríamos que acabara nunca aquel juego del escondite con un fantasma tan realista.

Nuestra Nochebuena empezaba seria, aburrida y malhumorada, pero acababa desbocada y emocionante. Lo nuestro no eran los villancicos, sino algo más salvaje. Cuando me acordaba de uno de los villancicos de los vecinos, de eso de “la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, pero nosotros nos iremos y no volveremos más”, me entraba una tristeza premonitoria. No volveremos más. Pero es el juego, alegre, vital, incluso salvaje, lo que importa. Luego, poco antes de las doce, mi abuelo salía para ir a la misa del Gallo.

¿Cuando se jodió el Perú?

https://gaceta.es/opinion/cuando-se-jodio-el-peru-20201210-1625/?s=09

Española por la gracia de Dios.

¿Cuándo se jodió el Perú?

10 diciembre 2020

¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita? ¿Cuándo empezamos a votar con la sensación de jugarnos la libertad, la democracia, el futuro de nuestros hijos y la existencia de nuestra patria? ¿Alguien recuerda cuándo el miedo empezó a apoderarse de nosotros?

¿Cuándo? Todo comenzó con el atentado del 11 de marzo de 2004. Algún día se sabrá qué pasó, por qué pasó y cómo pasó.  ¿Para qué murieron casi 200 personas? ¡200 personas! Lo que está claro es que lo que sucedió entre el 11 y el 14 de marzo de ese terrible año cambió el futuro de España e inició un cambio de régimen que hoy ya casi podemos tocar con los dedos. 

(Soy muy consciente de que el hecho de dudar de la verdad oficial del 11M me hace sospechosa de lo peor. No me importa en absoluto. Hasta el día de hoy —en un futuro próximo ya no sé— tengo el derecho a expresar mis dudas sobre una sentencia que dejó serias lagunas sin resolver. Insisto: hasta el día de hoy. Mañana, ya se verá).

Con la llegada de Zapatero al poder, el frentismo se fue instalando poco a poco entre los españoles como una lluvia fina, pero persistente. Muy persistente. De todos los males que trajo a España el infame ZP -que fueron muchos y variados-, uno de los más letales fue la malhadada Ley de Memoria de Histórica. Una ley promulgada con el único propósito de enfrentarnos; de hacer renacer los antiguos bandos fratricidas superados desde hacía muchas décadas. Una ley que nuestros abuelos habrían llorado con amargura. El hecho objetivo es que ahora mismo, 16 años después, desde el seno del Gobierno algunos luchan sin disimulo alguno por la República. Perdón, por las repúblicas. Nos exigen olvidar a las víctimas de ETA, pero nos machacan con Franco y la Guerra Civil. 

Zapatero no cuestiona la dictadura venezolana, la reivindica. Y el Gobierno de España no sólo no lo desautoriza, sino que la ministra de Exteriores invita a escucharlo con atención. 

¿Acaso alguien duda de que no se ha jodido el Perú? 

Mientras Sánchez llamaba lunáticos a los que denunciamos lo obvio, su propio vicepresidente unas horas antes ya anunció —¿amenazó?— que tenemos gobierno socialcomunista para rato”. ¿A cuál de los dos creemos? En palabras de Marx -el que tenía gracia-: ¿a quién va usted a creer, a Sánchez o a sus propios ojos?

Si Zapatero es un loco fanático del comunismo bolivariano —cosa que no le impide obtener pingües beneficios de su tara—, Sánchez es un loco ególatra sin otra ideología que el poder, capaz de vender a su madre por vivir en La Moncloa. El problema es que su madre es España. Zapatero, Sánchez e Iglesias: una conjunción diabólica.

Sería injusto terminar sin dedicar unas palabras de reconocimiento al papel de Eme Punto Rajoy en este penoso proceso. Al fin y al cabo, la misma responsabilidad tiene Zapatero que puso los cimientos para el cambio de régimen, como Rajoy que no derogó ninguna de sus leyes ideológicas.

Zapatero, Rajoy, Sánchez. Por orden cronológico. 

Pablo Iglesias es el artista invitado. Pedazo de artista.

Lo teníamos todo como nación, pero la dejadez, el desinterés, la comodidad y la cobardía nos han traído hasta aquí. Esto se ha convertido en una ciénaga infecta. Lo más fácil es culpar de todo a los políticos, pero ellos sólo son nuestro reflejo como sociedad

Soy Camionero Español

La gente que me conoce sabe que soy camionero, ya aviejunado después de más de 30 años en el oficio, y quería un poco daros a entender que postura tengo ante los actos acontecidos en la Junquera esta semana.

Sin entrar en la cuestión independentista, que para eso tenemos grandes maestros de la literatura rascando el tema creo que debo de decir que pienso y que ambiente se respira en mi gremio.

Ya explique un poco en el podcast de “Arriero en ruta” de mi amigo @sorroes en que situacion nos pone a los transportistas de internacional todo este tipo de movilizaciones.

Tengo que contaros que esos hierros que veis en la carretera son personas, sí personas, que para alimentar a su familia se ven abocados a un tipo de trabajo muy sacrificado. A las inclemencias del tiempo, soledad, de las legislaciones de cada país, urbana o comarcal, tenemos que sumarle acontecimientos de tipo “reivindicativos”.

Estos últimos parece que como gran idea deciden cortar el tráfico, una autopistas y una frontera para secuestrar a unas personas que no les va ni les viene la milonga que cada colectivo tenga que reclamar.

Seguro que tendremos puristas que nos hablaran del derecho de huelga, de manifestación, de libertad de expresión… Pero ninguno de estos hablan de “mi” derecho a trabajar, a ser libre, a dormir en mi casa… Y aquí me quedo.

Tenemos derecho a circular libremente, a trabajar, a pensar y hasta de decidir a qué patria queremos pertenecer. Cada uno que decida sus límites. Por eso no podemos ni queremos permitir que se nos maltrate de la forma más miserable a la que nuestros políticos vienen acostumbrándose últimamente.

El desprecio con el que tratan a nuestro sector está haciendo que cada vez haya menos gente dispuesta a ejercer esta gran profesión y a los que quedamos se nos estén hinchando los “narices”

Compartimos un espacio de trabajo con las autoridades y cuerpos de seguridad, y como buenos compañeros queremos que entre todos nos respetemos, ellos en su ámbito y nosotros en el nuestro. Pero nos lo ponen muy difícil, no los agentes, sino sus mandos políticos. Ante su pasividad muchos están pensando en cambiar el volante por la llave inglesa.

Diréis: ¡que agresivos! Cierto, el tema se está caldeando. Sumemos el tiempo perdido al dinero que se pierde.

Pensad la próxima vez que vuestros problemas no pueden ser solucionados abusando de la paciencia, cada vez más minorada, de los camioneros.

En corrillos de camaradas siempre hablamos de huelgas, de paros, marchas lentas… Siempre decimos al final como conclusión que no hay “huevos”. ¿Pensáis que las cosas se arreglan “por cojones”? Yo creo que no.

Por eso pido que dejemos los mismos a un lado y que quien tenga que reivindicar cualquier cosa lo haga en la puerta del político de turno, que nos dejen trabajar en paz y que si las cosas se tienen que arreglar a mamporros a lo mejor en nuestro sector tenemos algo que decir.

Buena ruta compañeros… Y como diría “el maño” siempre por lo negro!!!

¡Te recomiendo que escuches este audio de iVoox! 38 – Bloqueos en Cataluña sin contemplaciones http://www.ivoox.com/43313229